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Entre pinturas, tulipanes y cervezas…

Lo primero que hice esta mañana al despertar fue escribir en mi bitácora personal “Día 24”, han pasado varios días desde la última vez que fui a intentar terminar mi tesis para poder por fin ser dentista, y tampoco recuerdo cuándo fue la última vez que Itzel y yo pasamos tiempo juntas fuera de casa. Hay días que pasan volando y otros que arrastran las horas, días cuando le saco provecho al tapete de yoga de mi mamá y algunos en los que solo quiero seguir escuchando el acento que amodio del cast de Élite.

El año pasado, para estas fechas, la felicidad me impedía dormir, contaba los días para el inicio de la semana santa y con ella, dos semanas que mi hermana, mi prima y yo habíamos esperado por meses. En aquel entonces me encontraba a la mitad de la pasantía de servicio social y algunos días ahí llegaron a ser los peores de esa temporada, pese a ello, pensar en todo lo nuevo que nos esperaba hacía tolerable cualquier mal.

Viajar con mi hermana fue una experiencia totalmente nueva para ambas, su felicidad potenciaba la mía y ella fue mi maestra personal para explicar técnicas y curiosidades de los creadores de las piezas al otro lado del cristal.

De Mérida a Cancún, de Cancún a Atlanta y de Atlanta a Ámsterdam; durmiendo en posiciones extrañas, cenando comida rápida carísima (cuando ya no aguantábamos el hambre) y paseando terminales aereas mientras esperábamos la siguiente llamada hasta llegar al Aeropuerto Internacional Ámsterdam-Schiphol…

Como buenas yucatecas fuimos preparadas para un fresco de primavera y al llegar nos dimos cuenta que era un poco diferente a lo que creímos,pero ni el “frío” ni el jet lag nos quitarían las ganas de conocer cada rincón de nuestro alrededor, fue así como, sin dormir y a medio comer, nos dirigimos a dejar nuestras maletas en la bonita casa de una señora holandesa retirada y nos fuimos a explorar… 24 horas parecía poco para tantoslugares y aún así, cada minuto se estiró lo más que pudo.

Al tercer día ya sabíamos a qué hora despertar, cuánto tardar en estar listas, dónde tomar el tranvía y cuánto tiempo tomaba llegar al centro, desde donde improvisábamos para ir a lugares fuera de la ciudad. A unos kilómetros de Ámsterdam se encuentran las ciudades de Volendam y Zaandam (distancias cortísimas para personas de países extensos, donde se manejan horas para un pasadía o un puente festivo), la idea de salir de la capital no era nada descabellada.

Todo era nuevo, el olor del césped húmedo, el aire frío, la madera de casas y negocios de aquellos poblados… los tres grados centígrados que había no nos impidieron comer stroopwafels y queso gouda a más no poder, recorrimos molino tras molino en el barrio de Zaanse Schans, pequeños museos y tiendas locales en Volendam (donde dicen que nadie tiene una puerta frontal igual que otra) y dimos un paseo en barco a Marken, donde el olor a marisco te saluda en cualquier punto de esa pequeña isla, la cual está modificada como si fuese una pequeña península debido a la amplia autopista que la conecta a tierra. Aún recuerdo el simpático y limpio español de la holandesa apasionada de los quesos, tal vez un poco más joven que mi madre, guía y habitante local, que hablaba más de cuatro idiomas, probablemente de metro ochenta de altura y una belleza y voz a la que una no está acostumbrada. Llegando a una tienda de suecos me dio un par a probarme, ¡qué cosa tan incómoda! Salimos rápido de ahí pues estar en una tienda no era precisamente emocionante, ver los canales y las construcciones de madera sí.

No eran ni las cuatro de la tarde cuando fuimos a Keunkehof en Lisse, 40 hectáreas de tulipanes, fuentes y caminos… un lente de cámara no era suficiente o incluso sobraba, quería quedarme sentada contemplando los alrededores el resto de la tarde, “Qué hermosas son las flores cuando no se cortan”, pensé.

Entre museos, galerías, barrios y cafés locales los días volaron; el mensaje “10,000 pasos”,del reloj que mi papá me había dado para el viaje, se emitía cada día más temprano. Ya sabíamos que cada tarde, a las cinco, una pequeña iglesia al sur del centro de la capital, de regreso de la estación central, tocaba una melodía muy agradable.Y cada día, confiadas en el mapa que señalaba “tal calle lleva a esta otra”, nos perdíamos, esta era la mejor parte. Siempre encontrábamos un lugar al cual entrar, pasear o comer ycontemplar, las risas obedecían las señales de silencio, pero nada más.

Algunos museos eran pequeños y se recorrían fácilmente, otros tan grandes, que era imposible no dedicarles un día entero. En la plaza donde se encuentra el grupo principal de museos de la ciudad se respira calma; “con prisa no vas ver nada, tía” le decía una chica española a su amiga en la fila para el Rijksmuseum, y la mayoría en sus distintos idiomas pensaba lo mismo…

Los últimos días en los Países Bajos pasamos noches en pequeños lugares como Haarlem (donde vimos un órgano tocado alguna vez por Mozart) y Utrecht, donde se ubica el Kasteel de Haar y sus jardines. El cielo había dejado de estar nublado por las tardes desde hacía un par de días y aunque queríamos sacar fotos, el obtener una imagen de cada momento era lo menos importante.

Pasamos la última noche en Utrecht, el airbnbme recordó aquel capítulo de los Simpson en el que la casa entera se controla por voz. El host era muy serio pero extremadamente amable, una combinación muy peculiar, pude ver el estrés en su rostro cuando  me preguntó a qué hora salía nuestro tren hacia Bruselas a lo que respondí “We’re going to get the tickets at the station” y parecía que le había contestado algo horrible, con velocidad se acercó y prendió su computadora, me imprimió todos los horarios de salida hacia Bélgica al día siguiente, me escribió cómo llegar, qué dirección tomar y qué evitar. Su seriedad persistía y nunca le vi una sonrisa, ni una pequeña. definitivamente me quedaba (y queda) mucho por aprender sobre las personas. A la mañana siguiente nos despertamos muy temprano y nos fuimos a la siguiente parada.

Hicimos unas cuatro horas en tren y al llegar a Bruselas el frío nos recordó que estábamos muy lejos de casa, esta vez nos quedaríamos en un pequeño apartamento a una cuadra del centro histórico, y si recorríamos cinco lugares en un día era poco. La atmósfera es diferente, la gente aquí habla más fuerte y sonríe muchas veces, “muchos somos inmigrantes o hijos de inmigrantes” me dijo un amigo que hice en el centro los primeros días. Definitivamente ya no estamos en Holanda.

En Bruselas, a diferencia de Ámsterdam, todo lo teníamos cerca y bastaba con caminar un par de minutos; al segundo día habíamos visto casi todos los sitios que nos habíamos planteado, quedándonos con tiempo para otros destinos.

Un día Brujas, otro Amberes. Brujas parecía el set de grabación donde recrean Villaquién en El Grinch, todo es pequeño y lindo, muy muy lindo ah, y con mucha cerveza de por medio. Los museos de ambas ciudades se encuentran o dentro de iglesias construidas originalmente entre los siglos X y XIV o en lo que alguna vez fueron casas de madera, puedes sentir cómo el olor a barniz te acompaña en cada sala.

A la segunda semana le quedaban pocos días; estábamos cerca de volver a México y por primera vez no me sentía triste de dejar aquellos lugares, me sentía motivada a regresar a casa y terminar los proyectos y metas que aún no completaba. La última noche compramos varias cervezas en un supermercado, los aparadores tienen tantas que fue difícil llevar solo algunas.

De pronto,nos encontrábamos en la estación central de Bruselas nuevamente, un par de horas a Schiphol y más de día y medio para estar en Mérida, el dolor de cuello es un precio muy bajo para todo lo que me llevo.

Con las semanas y los meses aquellas vacaciones se ven más distantes, han pasado más de trescientos días y hoy, desde casa, lo que viene se ve incierto, llevo esperando más de un mes un mail muy importante pero no queda más que tomar un día a la vez; el clima y los olores de aquellos lugares estarán por muchas décadas en mi mente, y espero poder pronto tomar el vagón a mi siguiente destino.

The Sunshine Chaser

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Soy Celia y estoy a unos meses de ser dentista, soy de Mérida, México y e encuentro a medio proceso de entrar a un college en Canadá. Junto con mi hermana Itzel dirijo una tienda en línea de segunda mano que mezcla la moda con la concientización del impacto ambiental detrás de las vitrinas del centro comercial. Estoy obsesionada con el cuidado de mi piel y el fomento al amor propio, en mi adolescencia comencé trabajar en el amor y auto-aceptación y me encanta intercambiar palabras y consejos al respecto

Cada día es una parada en este viaje, [email protected]

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